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El Hijo del Mar

En el pueblo andino olvidado no hay mar , y cuando lo vi por televisión cuando era muy niño supe que debía conocerlo. A mediados de...

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“Abuela parece que va llover” con tono de duda decía el niño preocupado a la persona que creía llena de conocimientos suficientes para responder tan inquietante afirmación. Una septuagenaria con vestido floral,  y una piel sedimentada por los años a la que solo debía llamarle abuela. “Es miércoles santo mijo, desde que tengo uso de razón siempre llueve” contestó la mujer que sosteniendo un bastón hecho con sus propias manos mostraba indicios de cansancio acumulado.

Era una tarde oscura, el sol se había ocultado antes del mediodía, aún dejaba indicios de su presencia, aunque corría una brisa relajante, las caras grasientas y rojas como un tomate aseguraban a cualquiera que los presentes tenían horas parados en la cola, que tenía más parecido a la anaconda que el niño en clases observó asombrado en un libro.

Las personas que pasaban no podían creer lo que veían, existía cierto civismo en los presentes, solo se limitaban a gritar cuando un desconocido intentaba jugárselas de “avispao” y estar entre los primeros puestos, los gritos eran tan vergonzosos  que los culpables eran regresados al puesto original: al trasero de la anaconda. “Esos son unas pirañas, son unos falta de respeto, deberían calarse esta cola para que vean lo que es bueno” decía una mujer en voz baja mientras un señor con periódico en mano asentía  con la cabeza, más que nada para que la mujer se callara, él solo quería que ella caminara en silencio.

La abuela era de aspecto humilde, una mujer del campo, acostumbrada al trabajo duro, a sus cuatro hijos los sacó adelante con el sudor de su frente y algunas burbujas de agua que aparecían en sus manos cuando se quemaba planchando las camisas y vestidos de “las doñas” del lugar. Sin descanso alguno trabajaba hasta altas hora de la noche, deseando que un día sus hijos ya graduados la llevaran al descanso y la ahogaran en lujos y detalles en agradecimiento a su trabajo duro en pro de sus estudios; la realidad fue otra. Sus hijos ya en distintas ciudades del país olvidaron a su madre, y solo se limitaban a mandarle lo necesario para sobrevivir, su hija menor dejó a su primogénito en unas vacaciones, más nunca volvió a saber de su hijo. Aún así esa mujer andina no se quejaba de la vida, ahora tenía un motivo más para sonreír y vivir, su nieto no quedaría solo en el mundo, mucho menos mendigando a otros un plato de comida.

El niño estaba algo inquieto, se sentaba en la acera, se levantaba, quería un helado, la señora experta en señas, le decía con los ojos que no había dinero, él entendía, pero tenía sed, el helado costaba 5 bs, el agua 14, en su corazón quería que su abuela gastara menos, aunque su cuerpo quería satisfacerse. El señor del periódico cansado del loro que tenía delante se dio la vuelta y ofreció comprar al niño lo que quería, la señora con un gesto agradeció.

“Nos cayó la tormenta abuela” la lluvia apareció en escena empapando a todos los que estaban en la ciudad, llovía tan fuerte que las flores del vestido de la anciana comenzaba a mostrar tristeza a los que la vieran. Los zapatos del niño algo rotos no soportaron el agua, y como barco hundido mojaron sus pies. La mujer seguía fuerte, prometió dar al niño gustos que ella no tuvo, “mientras esté de pie, nada me va detener” pensó, mientras le pedía a su “Santa Bárbara bendita” que quitara el agua y pusiera el sol. A la media hora no paraba de llover, un hombre salió y anunció algo que no gustó a los presentes, ella estaba detrás y no podía escuchar. La noticia se fue regando hasta que llegó a sus oídos “Hoy no llegará harina”



Improperios salieron de la boca de los presentes, maldiciones, insultos, y trescientas maneras distintas de decirle al dueño que asesinara a su querida madre. La mujer respiró hondó, tomó de la mano al niño y con paso lento pero seguro emprendieron su retiro. “¿A dónde vamos? “Pregunto el pequeño con sus pies ya mojados “A comprar maíz hijo en el mercado… yo te juré que hoy comerías arepas, cree en las palabras de tu abuela que nunca te falla” el niño no dudó en las palabras de su abuela, y marcharon juntos hacia el lugar, inocencia y determinación se unían, en un país donde falta todo, menos el amor.

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