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Reina del liceo (II)



Los organizadores del evento colocaron las fotografías de las candidatas en una cartelera informativa, muchos quedaron sorprendidos al ver a Teresa (el nombre de la protagonista) entre las quince aspirantes a la corona. Una mezcla de burlas, lástima y confusión envolvían a los estudiantes del liceo. “Esa gorda está drogada” decía un joven mientras hacía mofa de cómo caminaba Teresa.


Cuando llegó al liceo todo quedó en silencio, muchos la miraban desde los pies a la cabeza. Como jurados calificadores comenzaban a evaluar si tenía las capacidades para ser una reina, todos le daban puntajes negativos. No tenía la estampa de Irene Sáez, Dayana Mendoza, mucho menos a la actual Miss Universo María Gabriela Isler. Su amigo muy emocionado se acercó y le preguntó qué la había motivado a ser candidata “Quiero demostrarle a todos que el ser gorda no es un impedimento para ser reina” dijo ella con mucha seguridad, aunque por dentro estaba devastada de ver la actitud silenciosa que todos tomaban hacia ella. Comenzaba una guerra cruel en su contra.

El primer ensayo había llegado, chicas seguras de su belleza hacían acto de presencia, parecía que todos tuvieran medidas perfectas. Cuando Teresa llegó la gran mayoría se despreocupó, ella no era competencia para la corona, muchas susurraban qué hacía ella en ese lugar, una joven desconocida la llamó, ambas se saludaron y empezaron a conversar. Los organizadores llegaron y dejaron las reglas claras sobre la mesa “Las cinco mejores serán parte del cuadro de honor” informaron que los ensayos serían después de clases todos los días y dejaron una última acotación antes de comenzar la preparación “Ninguna es amiga de nadie, todas vienen a competir… no se confíen, cualquiera puede ganar” las últimas palabras si preocupaban a las ya auto favoritas y hacían en Teresa sentir esperanza de que por lo menos ganaría la que mejor lo hiciera, no la que más tuviera. Si era por eso ella podía estar en competencia.

-¿Cómo te llamas? –le preguntó el líder de los organizadores.
-Me llamo Teresa- contestó con la cabeza en el piso.
-Levanta tu cara niña, eso es señal de inseguridad y aquí todas son iguales a ti.
-¿Iguales? Ella es la única ballena en el grupo – dijo la gran favorita, en cadena todas empezaron a reírse.
-¡Silencio! No toleraré insultos, quitaremos puntos si siguen actitudes  discriminatorias como esas- dijo molesto el organizador, el silencio volvió de nuevo a la sala- ¿Por qué decidiste concursar, sabiendo  que no eres la “típica” aspirante a una corona de belleza?- esperando una respuesta clara de Teresa todos prestaron atención.
-Porque la belleza es relativa, yo me considero hermosa, nadie puede decirme que no. Los estándares de belleza varían en cualquier parte del mundo. Puedo entender que en Venezuela se maneja de una manera distinta, pero una vez Osmel Sousa lo dijo: “Belleza mata actitud” dejaré mi vida en el escenario aunque sea la más gorda de las participantes.

El organizador alabó su respuesta y les aseguró a todas las candidatas que ganaría la que mejor respondiera, ya la gorda no era una burla, era competencia y eso lo sabían las demás competidoras, quienes quedaron a verse en el receso para idear un plan. Teresa por su parte marchó a su hogar para anunciarles a sus padres su decisión.

Sus padres no caían del asombro, nunca esperaron que entre los sueños de su hermosa niña estuviera ser reina, quizás doctora o ingeniera pero nunca una portadora de la belleza. Su madre la escuchó con detenimiento y con calma fue preguntado el por qué quiso participar. “Ustedes siempre me han dicho que soy bella ¿Qué puede impedirme no competir?” dijo Teresa a sus padres, quienes mirándose a la cara llegaron a la conclusión de que apoyarían a su hija en todo. Su madre sentía más preocupación, de joven tuvo la misma idea pero las consecuencias fueron catastróficas, a parte de la burla y el señalamiento ni quisiera logró realizar un buen papel, le metieron el pie en la ronda de traje de noche y ahí acabó todo, avergonzada no salió más al escenario. No quería que ocurriera lo mismo con su hija, buscaría el vestido más caro de todos costara lo que costara, ella que como millones de mujeres venezolanas era amante a los concursos de belleza y  sería capaz de vender el alma al diablo para que su hija por lo menos hiciera un buen papel. Luego entró en razón y recordó que su santo favorito le cumplía todos sus deseos, era mejor estar con el bien que con el mal.

Los ensayos eran muy fuertes, pero para Teresa eran necesarios, poco a poco comenzó a dominar los tacones, y caminar en forma de tijera se le hizo fácil, el quiebre de la cintura de un lado para otro, los movimientos en su rostro, las miradas y la sonrisa congelada comenzaban a ser parte de ella, y eso le gustaba. El organizador la nombró como una de las cinco candidatas más disciplinadas del concurso y en otro ocasión dijo que era  una de las posibles diez semifinalistas, esto no la emocionaba. Ella quería llegar a las finales no quedarse en las semifinales. Las demás candidatas tenían un plan para acabar con su sueño “Ningún rinoceronte nos arruinará el sueño de ser reinas” dijo la más popular, una rubia espigada, que debía llevar la cruz de ser reina de belleza por obligación de su madre, una “miss” frustrada cuando que dejó a un lado su sueño al quedar embarazada.

No pasó mucho tiempo para que la atacaran de la manera más baja. Tres días después el liceo amaneció forrado de imágenes que intentaban desprestigiar a la joven. Una vaca teniendo sexo con un toro, y en la cara del animal el rostro de Teresa, en la parte de abajo unas letras que decían exactamente “¿Es esta la reina que queremos? Muchos se burlaban, de lo ocurrido. El mejor amigo de la joven al notar lo ocurrido marchó a su casa para decirle que no fuera ese día al colegio, por desgracia Teresa se encontraba a solo unas cuadras de la casa de estudio. Al final fracasaron todos sus intentos “Tengo examen, no puedo faltar” le dijo la joven, su llegada era una bomba de tiempo.



La humillación encendió de nuevo su letrero, muchos la señalaban, se burlaban, le hacían muecas y mofas, una joven le mostró la imagen y al verla se desmoronó. Su cabeza daba vueltas de un lugar a otro, era una locura lo que estaba ocurriendo, ¿Qué culpa debía pagar? ¿Por qué le ocurría esto a ella? Era una joven silenciosa, tranquila que no tenía problemas con nadie, y siempre estaba a la orden (aunque nunca la necesitaran) para que lo fuera. Corrió hasta su casa, el camino se hacía largo y lleno de obstáculos, recordaba las risas burlonas de decenas de estudiantes que estaban en el lugar sentía que era apuñalada cada vez que lo imaginaba, se sentía sola, ahogada, mientras sus lágrimas corrían, su cabello se movía de un lugar a otro. Teresa era una nueva víctima del Bullying, una práctica que estaba convirtiendo en algo común en todo el continente con la excusa vacía de que “Los jóvenes son así” o frases como “Es un patrón común en la juventud, todos debemos pasarlo”. Teresa era una de miles de víctimas de un patrón que podía ser mortal para ella, su único crimen era ser obesa, sus compañeros la juzgaban por eso. Quería lanzarse a un vacío y olvidar todo lo ocurrido, recordó que su madre tenía un par de pastillas en el baño. Quería silenciar su vida para acabar con el tortuoso calvario que le había tocado “En el otro mundo estaré mejor quizás allá me quieran más por lo que soy” pensó. Ya en su casa fue al baño y consiguió el frasco de medicamentos. En sus manos estaba una de las decisiones más importantes de su vida.

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