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Odiados por los mestizos


“No entiendo por qué nos miran así” dijo Uriyu (Paloma tórtola) a su esposo Ipuana (Halcón), su consorte solo guardó silencio dando muestras de que aceptaba la cruda realidad, pero la necesidad de darle comida a sus cinco hijos dejaba que su orgullo fuera pisoteado por las personas que transitaban el lugar.

Mientras tejía una cesta Uriyu se pinzó su dedo índice, algunas gotas de sangre salieron, inmediatamente buscó el único remedio que tenía a mano: la saliva. Observaba a sus hijos pidiendo dinero a los carros y transeúntes que pasaban por el lugar, cada vez que el semáforo encendía su bombilla roja los pequeños se abalanzaban sobre todo aquel que pasara por el lugar, llegando a competir incluso con los vendedores de la economía informal y un hombre que hacía malabares con algunas pelotas de goma. Ella no les quitaba la mirada de encima, sintió nostalgia  y agachando la cabeza comenzó a llorar en silencio.

Recordaba su niñez indómita por las zonas desiertas donde vivía, el viento y algunos cactus eran su compañía, siempre soñó con ir más allá de lo que sus ojos café pudieran ver. Era la princesa de su casa, una de las jóvenes más deseadas del clan, su padre la llevaba en ocasiones a ordeñar los chivos, y en la tarde su madre le enseñaba el complejo mundo de la cestería y las artes centenarias de su descendencia. Uriyu nunca viajó más allá de sus fronteras, algunos decían que muy lejos después del cielo, se encontraban tierras con árboles extraños y sin vida que eran habitados por personas veloces como el viento, su mejor amigo. La idea de ir a ese lugar la despertaba en las noches, soñaba con ese “paraíso” y cuando supo que alguien tenía los mismos sueños que ella, entendió que ese sería el amor de su vida, si su familia así lo deseaba.

Su nombre radicada en su inocencia, y docilidad. Fue así como poco a poco convenció a su padre de manera sorprendente y en silencio quien debía ser su esposo “Haremos el ápajá pasado mañana, quiero dos vacas saludables y la mitad de todas sus joyas”. La mujer fue corriendo a la casa de Ipuana, quien con rapidez aceptó la propuesta de la familia, a la semana ya estaban casados y en proceso de formar una familia “feliz”.

En seis años ya tenían cinco hijos, el hombre como un halcón fue inteligente para amaestrar su ganado, pudo sacarle a su “presa” todo el jugo, dando una modesta comodidad a su familia. La señora de la casa por su parte, con docilidad creaba sus mejores trajes, y los de su esposo, adornaba su casa con todo lo que había aprendido de su madre, ambos realizaban a plenitud sus tareas diarias, eran la envidia de sus pares.
Al final decidieron vender todo y marchar a conocer esas tierras nuevas que a ambos producían mariposas en sus estómagos, al final se decidieron  luego de que un amigo les anunció todo lo que había logrado “Existe más libertad y respeto, se vive mejor que aquí y el clima es más clemente que el de estas tierras” fueron esas palabras el motor que empujó los sueños compartidos de una familia, en menos de un mes comenzaron un camino largo hasta su destino.

Cuando el sol se ocultó llegaron a ese lugar fantástico, las miradas eran de admiración, de respeto hacia ellos, a Uriyu eso le agradaba y a Ipuana lo llenaba de orgullo. Cuando pasaban por una larga avenida llena de luces coloridas, y muchos edificios, consiguieron a muchos de los suyos, ambos reconocieron de inmediato quienes eran, la bienvenida fue cálida y los invitaron a pasar la noche junto a ellos, ninguno de los dos pudieron negarse, sacaron algunas sábanas y acostaron a sus hijos en la acera del lugar.

Los wayú causaban impacto entre los ciudadanos del lugar, sus artesanías eran compradas rápidamente eran hermosas y bien hechas, estaba de moda darles la bienvenida a los habitantes originarios de las tierras venezolanas, se podía decir que vivían tranquilamente en el lugar. Dos meses de ensueño vivió la familia, todo era como se lo habían imaginado en un principio, aunque lo que parecía ganado se movilizaba rápidamente por los caminos de asfalto y llevaban gente adentro, eso no importó al jefe de la familia, quien prestó sus servicios como obrero y recibía un digno salario por sus honorarios, Uriyu por su parte junto a las mujeres del lugar trabajaban incansablemente para darles un futuro mejor a sus hijos.

No todo fue color de rosa, la ilusión se acabó, mientras más wayú llegaban a esa tierra, parecía que el prestigio comenzaba a decaer, eso preocupaba a todos, la competencia era enorme, atrás quedaron esos años de ventas rápidas, las cestas, las muñecas y otras artesanías comenzaban a acumularse en el muro de la acera, “Son momentos de vacas flacas, debemos ser pacientes” decía la mujer más anciana quien daba ánimos a los presentes, todos llegaron a la conclusión que era cierto.

Un autobús se estacionó al frente de ellos, el humo que producía la bestia de cuatro ruedas se impregnaba en las narices de todos ellos, trataban con sus manos de espantar el olor como si fueran mosquitos, pero ya era demasiado tarde. Invitaron a todas las mujeres a un lugar “mucho mejor y más cómodo” donde se “sentirían en casa” todas aceptaron. Avisaron a una mujer que vendía golosinas cerca de ellas para que fuera tan amable de anunciar la noticia a sus esposos, ella aceptó y entonces marcharon.

Un policía las esperaba adentro del autobús,  sintieron miedo, pero confiaron en la mujer que dio la “buena noticia”. No hubo ninguna parada por el camino, ni siquiera para que los niños fueran a orinar, al anochecer con el hambre causando estragos en su estómago descubrieron que todo fue un engaño, estaban de nuevo en su tierra, en la goajira venezolana. Algunas mujeres intentaron reclamar lo ocurrido, la mujer con sonrisa sarcástica solo se limitó a decir “les dije que se sentirían en casa” cuando intentaron con ira golpearla por la mentira el policía lanzó dos disparos al aire, todas se dispersaron con sus hijos, permitiendo que el chofer acelerara de inmediato.

Al llegar a su hogar, descubrieron que no tenían nada, habían vendido todo, no tenían donde vivir, todos decidieron de inmediato regresar a la ciudad a refugiarse en los brazos de sus esposos, era lo adecuado.

Para Ipuana el desespero no fue común, de inmediato partió junto algunos hombres a buscar a sus esposas, mientras ellos iban las mujeres venían. En el tercer viaje las mujeres esperaron a sus hombres quienes regresaron agotados. Se supo que el gobernante de la ciudad decidió expulsarlos por “alteración del orden público”. Las calles fueron “limpiadas” por completo. La economía informal, el arte urbano y los wayú debían desaparecer de la “ciudad perfecta” ese era el plan del alcalde, y a fondo lo cumpliría.

Pasaron los años y se repetía la misma historia, ellos estaban cansados, pero la necesidad los llamaba, sufrían al ver que comenzaba a ser odiados por los mestizos, “nosotros si somos sangre pura, ellos son unos intrusos” decía Ipuana tratando de convencer a muchos de que se debía hacer algo, pero fue infructuoso.
Ocho años después con nuevo gobernante, pudieron trabajar con tranquilidad, el camino se mostraba esperanzador, pero todo fue ilusión. La inseguridad reinante en el país no los pasó por alto, y a duras penas pudieron seguir haciendo lo único que podían hacer, trabajar.

Muchos se rindieron y marcharon de nuevo a su hogar, pero Uriyu e Ipuana se negaban, era vergonzoso volver de nuevo a una tierra donde no tenían nada, era mejor sufrir en familia los tratos inhumanos que a diario recibían, la última opción fue preparar a sus tesoros para que aprendieran a mendigar por las calles. Fue así pidiendo limosnas que podían por lo menos comer una vez al día, debían decidir si almorzar o cenar, desayunar estaba prohibido.

En esos tiempos que se hablaba mucho del respeto a nuestros “antepasados” y en el oriente y sur del país recibían ayuda gubernamental los indígenas de la nación, fue cuando una familia wayú debía implorar al cielo que alguien se dignara a dar algunas monedas para ellos, eran extranjeros, forasteros en tierras conocidas, pero extrañas para ellos . Uriyu tenía suficientes razones para llorar.



Uno de los hijos llegó feliz a donde sus padres “Mami, papi, me dijeron cien bolívares” dijo el niño algo sucio y negro por la polución, pero feliz por lo ocurrido, ese gesto animo a los padres que se miraron a los ojos y pudieron sonreír y respirar profundo, por lo menos ese día podían estar seguro que comerían con mucha tranquilidad. El mañana era cosa de otro momento.

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